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Apps de citas: del “¿qué lees?” al “¿cuántos días entrenas?” y cómo el health ha colonizado estas plataformas


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    Salud, sí; símbolo, también

    Buenaventura del Charco Olea, psicólogo de Estar Contigo Terapia, lo system de una manera especialmente precisa: aunque es verdad que hoy existe una mayor conciencia sobre la salud, eso no explica por sí solo que el deporte haya pasado a ocupar tanto espacio en las apps. “Nadie muestra cómo se lava los dientes, pero sí cómo entrena”, cube. Y es una frase acertada porque resume muy bien el salto del cuidado al símbolo. Lavarse los dientes también es salud, pero no tiene rentabilidad estética ni valor aspiracional. El deporte sí. Y no solo por su componente físico, sino por el estatus social que arrastra detrás: voluntad, management, compromiso, orden. En otras palabras, lo que se premia no es únicamente el hábito, sino el aura ethical que hoy se le atribuye.

    Aquí conviene recuperar dos concepts clásicas que ayudan mucho a entender este tema. La primera es la de Erving Goffman, que en The Presentation of Self in On a regular basis Life explicó cómo gran parte de la vida social funciona como una representación: nos presentamos ante los demás gestionando impresiones, afinando señales, enseñando unas cosas y ocultando otras para producir determinado efecto. La segunda es la de “capital erótico”, desarrollada por Catherine Hakim, que propuso pensar el atractivo físico y social como un activo con valor actual en la vida contemporánea, junto al capital económico, cultural o social. Aplicado al universo de las apps, el concepto resulta especialmente útil: el cuerpo no es solo apariencia, también es un recurso de intercambio simbólico.

    Del capital erótico al valor social

    La pregunta, entonces, no es solo si el health se ha convertido en una forma de capital erótico. La pregunta es si además se ha convertido en una forma de capital social y ethical. Y probablemente la respuesta sea sí. Porque el nuevo cuerpo deseable no es solo bonito: es productivo. Es un cuerpo que parece decir “me esfuerzo”, “me cuido”, “no me abandono”, “rindo”. Eso encaja perfectamente con una época obsesionada con la optimización de todo: del tiempo, del sueño, de la piel, de la alimentación, del trabajo, de la salud psychological y, por supuesto, del cuerpo.

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    Hemos pasado, en cierto modo, de una cultura del deleite a una cultura aspiracional, como apunta Buenaventura del Charco Olea. Antes quizá se exhibía más la vida social; ahora se exhibe la capacidad de perfeccionarse. Lo que se proyecta no es tanto la diversión como la potencialidad. No “mira qué bien me lo paso”, sino “mira todo lo que soy capaz de controlar”. Y eso encaja con un contexto social en el que el autocuidado físico ha adquirido un valor simbólico enorme, asociado no solo a belleza, sino a responsabilidad particular person, disciplina y competencia.

    “Antes se exhibía la vida social, ahora la capacidad de perfeccionarse” – Buenaventura del Charco

    La vida actual, por suerte, sigue siendo otra

    Lo vemos en frases que se han vuelto habituales y que hace unos años habrían sonado bastante más marcianas: “si no entrenas, no encajamos”, “busco alguien con estilo de vida health”, “si no te cuidas, no me interesas”. Por supuesto, uno puede querer compartir hábitos con una pareja; eso es completamente razonable. El problema es cuando ese criterio deja de ser afinidad y pasa a ser criba identitaria. No tanto “quiero alguien que disfrute de esto conmigo” como “si no formas parte de esta estética y de esta disciplina, vales menos”. Ahí el health deja de ser afición y se convierte en frontera.



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